Ismael Rivera: El sonero mayor de la calle Calma
Entre tambores y sonidos africanos, entre la bomba y la plena, Ismael Rivera nació la noche del 5 de octubre de 1931, en la calle Calma del barrio Santurce de San Juan de Puerto Rico.
Ismael Rivera nació el 5 de octubre de 1931 en el barrio Santurce de San Juan de Puerto Rico. En 1954 grabó su primer éxito, “EL charlatán”, del compositor Toñín Romero, en la Orquesta Panamericana del maestro Lito Peña. Cortesía
Ismael Rivera: El sonero mayor de la calle Calma
Entre tambores y sonidos africanos, entre la bomba y la plena, Ismael Rivera nació la noche del 5 de octubre de 1931, en la calle Calma del barrio Santurce de San Juan de Puerto Rico.
Ismael Rivera nació el 5 de octubre de 1931 en el barrio Santurce de San Juan de Puerto Rico. En 1954 grabó su primer éxito, “EL charlatán”, del compositor Toñín Romero, en la Orquesta Panamericana del maestro Lito Peña. Cortesía
Creció al lado de su madre, Margot Rivera, compositora y a quien él, fascinado, observaba bailar y crear diferentes sonidos con sus palmas. Cuando cumplió siete años, el niño Ismael dejó de imitar a su madre para crear sus propias maracas con potes de pintura; además de robar las ollas y las cucharas de su casa para experimentar diferentes sonidos. En la escuela, Rivera conoció a Rafael Cortijo quien, sin saberlo en ese preciso momento, se convertiría en su maestro y su cómplice eterno.
El joven Ismael se desempeñó como albañil en algunas obras de su natal Puerto Rico. Unos años atrás, a manera de presagio, le había dicho a su madre que primero aprendería el oficio, pero luego se dedicaría por completo al canto. De hecho, su amigo Rafael Cortijo esperaba en las noches a que Rivera saliera de trabajar para que juntos se sumergieran en la calle 21, en busca de los creadores de la bomba y la plena.
En 1954 llegó su gran oportunidad, pues la famosa Orquesta Panamericana, dirigida por el Maestro Lito Peña, buscaba con prisa por esos días un gran sonero. El cantante y extraordinario compositor Bobby Capó fue quien recomendó a Rivera y allí lanzarían su primer éxito, “El Charlatán”, del compositor Toñín Romero.
Por ese tiempo, el percusionista, arreglista y compositor Rafael Cortijo decidió iniciar su propia agrupación llamada “Cortijo y su combo”, por lo que llamó a Rivera para realizar una versión del tema “El bombón de Elena”, del compositor Rafael Cepeda. El tema resultó un éxito. La complicidad infinita y la admiración que Ismael Rivera le tenía a su compadre Cortijo hizo que el gran sonero renunciara a la Orquesta Panamericana y se fuera a recorrer el mundo con su hermano de la música, pues estos dos hombres al unísono creaban ritmos con mucho sabor, los cuales nunca se volvieron a escuchar con tanta originalidad.
De esta unión salieron 17 álbumes inolvidables y grandes temas como: “Quítate de la vía, Perico”, de Juan Hernández; “El negro bembón”, de la autoría de Bobby Capó; “Calypso bomba y plena” de Rogelio Vélez, “Besito de coco”, una composición de Rivera que resultó un completo bombazo, y que tiempo después grabarían Celia Cruz, Celino González y Nelson Pinedo. Con estos temas se volvieron de moda las expresiones “¡Ecuajey!” y “¡Sacude!”, que siempre acompañaron al cantante.
En su afán por cantarle a los suyos, a los de la calle Calma donde creció, recurría a la señora Margot Rivera para que le regalara algunos temas de su autoría. La señora Rivera compuso decenas de temas como: “Las ingratitudes”, “La arañita”, pero el tema más popular fue “Maquinolandera”, que obtuvo mil trescientos dólares en regalías en menos de un año. Las composiciones de Margot Rivera eran dichos alegres que lograban que los puertorriqueños se identificaran de inmediato.
Una anécdota que contaba con gusto y con frecuencia el compositor Catalino “Tite” Curet Alonso, fue cuando Cortijo y sus muchachos se presentaron en el Palladium Ballroom de Nueva York. El ritmo de los músicos avanzaba cada vez más rápido y el público los seguía bailando sin parar, las lámparas que alumbraban aquel lugar amenazaron con explotar por el frenesí de aquella multitud.
Asustado, el dueño del lugar, Mr. Hyman, gritó: “¡Cortijo, no more pachanga please!”.
En 1959, Gladys Serrano, quien era bailarina del Palladium y compartió tarima con el gran Tito Puente, conoció a Ismael Rivera en un hotel de Nueva York gracias a un amigo en común. Ese día ella buscaba con urgencia a Daniel Santos para que este conociera a su hijo y Rivera fue quien organizó una cena para propiciar aquel encuentro. En ese momento, cruzaron un par de miradas que sería definitivo para sus vidas. Pasaron unas cuantas semanas, cuando ella recibió una llamada a las cinco de la mañana. Era Rivera, quien cantaba “Yo sé que me van a juzgar, me van a condenar cuando me vean con ella”, tema que Bobby Capó escribió para su amigo. Sin importar qué pensara la gente, Gladys Serrano e Ismael Rivera decidieron casarse.
Estremecer al público con cada uno de sus ritmos, recorrer diversos lugares del mundo y encontrar la fama rápidamente hizo que Cortijo y Rivera llevaran una vida descontrolada y llena de vicios. En 1962, al volver de un concierto en Venezuela, debían hacer una escala en Panamá. Allí les encontraron droga y de inmediato fueron detenidos y condenados a cinco años de prisión. Ismael Rivera estuvo en varias cárceles durante esos años, pero quizá la más tenebrosa fue “Las tumbas”, un lugar con varios pisos subterráneos y que lo hizo enloquecer. Allí Maelo, como también lo conocían, formó un pequeño grupo musical y compuso varias canciones en las que expresaba todo el amor que le tenía a su esposa e hijos.
En 1965, finalmente recuperó su libertad y de inmediato se reunió con su amigo Cortijo, quien había sido liberado meses atrás. Bobby Capó lo esperaba para mostrarle el tema “Las tumbas” y que fuera grabado por el sonero mayor. Sin embargo, tan pronto como Rivera puso los pies de nuevo en su tierra sintió el rechazo de su público; al parecer Borinquén no le perdonó sus años en la cárcel. Al vivir esta situación, Capó le compuso: “Yo soy un niche que salí café con leche, me colé en una fiesta a la cual no me invitaron y me echaron, me botaron…”. Eran tiempos oscuros para el sonero, pues empresarios y disqueras le cerraron las puertas por completo y tuvo que buscar refugio en Nueva York.
Entonces aprovechó su estancia en Nueva York para rebelarse contra las disqueras, ya que nunca le interesó producir canciones con letras vacías y simplemente para vender. El sonero mayor cantó para la gente del barrio, pero también contó sus historias y se desahogó en sus canciones. Fue el mentor de dos estrellas emergentes en el mundo salsero. Por un lado, convenció al pianista de la Fania All Stars, Larry Harlow, para que escuchara e incluyera en el grupo a Ismael Miranda, quien tenía una gran voz. Del mismo modo, el cantante acogió en su casa a un joven llamado Rubén Blades, quien por esa época era mensajero del sello disquero y necesitaba conseguir una visa como visitante.
Ismael Rivera nació el 5 de octubre de 1931 en el barrio Santurce de San Juan de Puerto Rico. En 1954 grabó su primer éxito, “EL charlatán”, del compositor Toñín Romero, en la Orquesta Panamericana del maestro Lito Peña. Cortesía
Creció al lado de su madre, Margot Rivera, compositora y a quien él, fascinado, observaba bailar y crear diferentes sonidos con sus palmas. Cuando cumplió siete años, el niño Ismael dejó de imitar a su madre para crear sus propias maracas con potes de pintura; además de robar las ollas y las cucharas de su casa para experimentar diferentes sonidos. En la escuela, Rivera conoció a Rafael Cortijo quien, sin saberlo en ese preciso momento, se convertiría en su maestro y su cómplice eterno.
El joven Ismael se desempeñó como albañil en algunas obras de su natal Puerto Rico. Unos años atrás, a manera de presagio, le había dicho a su madre que primero aprendería el oficio, pero luego se dedicaría por completo al canto. De hecho, su amigo Rafael Cortijo esperaba en las noches a que Rivera saliera de trabajar para que juntos se sumergieran en la calle 21, en busca de los creadores de la bomba y la plena.
En 1954 llegó su gran oportunidad, pues la famosa Orquesta Panamericana, dirigida por el Maestro Lito Peña, buscaba con prisa por esos días un gran sonero. El cantante y extraordinario compositor Bobby Capó fue quien recomendó a Rivera y allí lanzarían su primer éxito, “El Charlatán”, del compositor Toñín Romero.
Por ese tiempo, el percusionista, arreglista y compositor Rafael Cortijo decidió iniciar su propia agrupación llamada “Cortijo y su combo”, por lo que llamó a Rivera para realizar una versión del tema “El bombón de Elena”, del compositor Rafael Cepeda. El tema resultó un éxito. La complicidad infinita y la admiración que Ismael Rivera le tenía a su compadre Cortijo hizo que el gran sonero renunciara a la Orquesta Panamericana y se fuera a recorrer el mundo con su hermano de la música, pues estos dos hombres al unísono creaban ritmos con mucho sabor, los cuales nunca se volvieron a escuchar con tanta originalidad.
De esta unión salieron 17 álbumes inolvidables y grandes temas como: “Quítate de la vía, Perico”, de Juan Hernández; “El negro bembón”, de la autoría de Bobby Capó; “Calypso bomba y plena” de Rogelio Vélez, “Besito de coco”, una composición de Rivera que resultó un completo bombazo, y que tiempo después grabarían Celia Cruz, Celino González y Nelson Pinedo. Con estos temas se volvieron de moda las expresiones “¡Ecuajey!” y “¡Sacude!”, que siempre acompañaron al cantante.
En su afán por cantarle a los suyos, a los de la calle Calma donde creció, recurría a la señora Margot Rivera para que le regalara algunos temas de su autoría. La señora Rivera compuso decenas de temas como: “Las ingratitudes”, “La arañita”, pero el tema más popular fue “Maquinolandera”, que obtuvo mil trescientos dólares en regalías en menos de un año. Las composiciones de Margot Rivera eran dichos alegres que lograban que los puertorriqueños se identificaran de inmediato.
Una anécdota que contaba con gusto y con frecuencia el compositor Catalino “Tite” Curet Alonso, fue cuando Cortijo y sus muchachos se presentaron en el Palladium Ballroom de Nueva York. El ritmo de los músicos avanzaba cada vez más rápido y el público los seguía bailando sin parar, las lámparas que alumbraban aquel lugar amenazaron con explotar por el frenesí de aquella multitud. Asustado, el dueño del lugar, Mr. Hyman, gritó: “¡Cortijo, no more pachanga please!”.
En 1959, Gladys Serrano, quien era bailarina del Palladium y compartió tarima con el gran Tito Puente, conoció a Ismael Rivera en un hotel de Nueva York gracias a un amigo en común. Ese día ella buscaba con urgencia a Daniel Santos para que este conociera a su hijo y Rivera fue quien organizó una cena para propiciar aquel encuentro. En ese momento, cruzaron un par de miradas que sería definitivo para sus vidas. Pasaron unas cuantas semanas, cuando ella recibió una llamada a las cinco de la mañana. Era Rivera, quien cantaba “Yo sé que me van a juzgar, me van a condenar cuando me vean con ella”, tema que Bobby Capó escribió para su amigo. Sin importar qué pensara la gente, Gladys Serrano e Ismael Rivera decidieron casarse.
Estremecer al público con cada uno de sus ritmos, recorrer diversos lugares del mundo y encontrar la fama rápidamente hizo que Cortijo y Rivera llevaran una vida descontrolada y llena de vicios. En 1962, al volver de un concierto en Venezuela, debían hacer una escala en Panamá. Allí les encontraron droga y de inmediato fueron detenidos y condenados a cinco años de prisión. Ismael Rivera estuvo en varias cárceles durante esos años, pero quizá la más tenebrosa fue “Las tumbas”, un lugar con varios pisos subterráneos y que lo hizo enloquecer. Allí Maelo, como también lo conocían, formó un pequeño grupo musical y compuso varias canciones en las que expresaba todo el amor que le tenía a su esposa e hijos.
En 1965, finalmente recuperó su libertad y de inmediato se reunió con su amigo Cortijo, quien había sido liberado meses atrás. Bobby Capó lo esperaba para mostrarle el tema “Las tumbas” y que fuera grabado por el sonero mayor. Sin embargo, tan pronto como Rivera puso los pies de nuevo en su tierra sintió el rechazo de su público; al parecer Borinquén no le perdonó sus años en la cárcel. Al vivir esta situación, Capó le compuso: “Yo soy un niche que salí café con leche, me colé en una fiesta a la cual no me invitaron y me echaron, me botaron…”. Eran tiempos oscuros para el sonero, pues empresarios y disqueras le cerraron las puertas por completo y tuvo que buscar refugio en Nueva York.
Entonces aprovechó su estancia en Nueva York para rebelarse contra las disqueras, ya que nunca le interesó producir canciones con letras vacías y simplemente para vender. El sonero mayor cantó para la gente del barrio, pero también contó sus historias y se desahogó en sus canciones. Fue el mentor de dos estrellas emergentes en el mundo salsero. Por un lado, convenció al pianista de la Fania All Stars, Larry Harlow, para que escuchara e incluyera en el grupo a Ismael Miranda, quien tenía una gran voz.
Del mismo modo, el cantante acogió en su casa a un joven llamado Rubén Blades, quien por esa época era mensajero del sello disquero y necesitaba conseguir una visa como visitante.
Muchos aseguraban que la voz de Ismael Rivera ya no se escuchaba como antes y que su carrera había llegado a su fin. Sin embargo, Maelo sorprendió con el tema “El nazareno”, escrito por Henry
Williams e inspirado en la experiencia que tuvo al conocer a un santo negro en Panamá. El éxito fue rotundo. Para ese entonces, conformó “Ismael Rivera y sus Cachimbos”, con canciones importantes como “Dime por qué”, del compositor Pedro García, “El mesías”, autoría de Johnny Ortiz, y “Las caras lindas”, canción que escribió y le regaló su gran amigo Tite Curet Alonso.
La Fania All Stars luchó por mucho tiempo para tener al sonero mayor en su sello. Sin embargo, el Negrito sabroso, como también le decían, se negó. En respuesta, Jerry Masucci y Johnny Pacheco compraron el sello “Tito y Alegre”, con el que siempre grabó Rivera. Así, se convirtió en el artista mejor pago, junto con la cantante Celia Cruz. Allí no lanzó temas nuevos, solo grabó una versión del tema “Cúcala”, compuesto por Wilfredo Figueroa, interpretado a dúo con la Guarachera de Cuba.
Sorpresivo fue el concierto que se realizó en el Carnegie Hall en 1974, y en el cual compartió tarima con Tito Puente, Vicentico Valdez y Joe Cuba. Ismael Rivera descrestó a su público con un nuevo bolero: “Sale el sol y no estás a mi lado, vivo desesperado esperando tu amor”. Nuevamente una composición de su gran amigo Bobby Capó, quien escuchaba atento las historias de Rivera para luego escribirlas y eternizarlas en sus melodías.
El 3 de octubre de 1982 recibió una inesperada noticia: su amigo Rafael Cortijo, con quien descubrió tantos ritmos y con quien vivió la vida sin freno alguno, había muerto a causa de un cáncer de páncreas. Quienes asistieron al funeral afirmaron que Rivera lloró sin consuelo alguno, miró a su amigo en el ataúd, le acarició los cachetes, se acercaba y le besaba la frente, muestras de una tristeza profunda. A partir de ese momento Rivera no volvió a cantar igual. Atrás quedaron sus espléndidos gorjeos, sus sonoros cantos y sobre todo, su alegría. Su hermana, Tomasa Rivera, contó que una tarde el sonero le dijo: “ya no puedo cantar, se murió Cortijo y con su ausencia se llevó la llave de mi voz”.
En 1987 se propagaron los rumores de que estaba sufriendo de cáncer en la garganta. Angustiados, los periodistas quisieron rendirle un homenaje el 12 de julio en el coliseo Roberto Clemente. Como era tan sencillo e humilde, dijo que su homenaje no era necesario, pero el sueño de reunirse nuevamente con su público lo animó a aceptar. Sin embargo, Ismael Rivera, el sonero eterno, el amigo incondicional, el negrito sabroso, no llegó a la cita y murió a las 5:15 de la tarde del 13 de mayo de aquel año en casa de su madre, Margot Rivera, a quien le había heredado el sabor y la música de los ritmos afrolatinos.
Se encontraba viendo televisión en la casa de su madre, aquella que había remodelado con sus propias manos. El infarto sólo le dio tiempo para abrir los ojos y apretarle las manos a su mamá antes de irse definitivamente. La despedida contó con la presencia de los cantantes Andy Montañez, Cheo Feliciano y Tite Curet Alonso;, sus familiares, y el público que lo acompañó siempre. Fue tanto el sentimiento de dolor de sus seguidores que el gobernador decretó varios días de duelo y, semanas después, cambió el nombre de la calle Calma por la calle Ismael Rivera. Maelo, un hombre con alma de niño, una sensibilidad a flor de piel, un sonero que vivió su vida como se le antojó, un niche café con leche que vivió en medio de trompetas y un swing inigualable.
Fuente:
EL ESPECTADOR
Ismael Rivera nació el 5 de octubre de 1931 en el barrio Santurce de San Juan de Puerto Rico. En 1954 grabó su primer éxito, “EL charlatán”, del compositor Toñín Romero, en la Orquesta Panamericana del maestro Lito Peña. Cortesía
Ismael Rivera: El sonero mayor de la calle Calma
Entre tambores y sonidos africanos, entre la bomba y la plena, Ismael Rivera nació la noche del 5 de octubre de 1931, en la calle Calma del barrio Santurce de San Juan de Puerto Rico.
Ismael Rivera nació el 5 de octubre de 1931 en el barrio Santurce de San Juan de Puerto Rico. En 1954 grabó su primer éxito, “EL charlatán”, del compositor Toñín Romero, en la Orquesta Panamericana del maestro Lito Peña. Cortesía
Creció al lado de su madre, Margot Rivera, compositora y a quien él, fascinado, observaba bailar y crear diferentes sonidos con sus palmas. Cuando cumplió siete años, el niño Ismael dejó de imitar a su madre para crear sus propias maracas con potes de pintura; además de robar las ollas y las cucharas de su casa para experimentar diferentes sonidos. En la escuela, Rivera conoció a Rafael Cortijo quien, sin saberlo en ese preciso momento, se convertiría en su maestro y su cómplice eterno.
El joven Ismael se desempeñó como albañil en algunas obras de su natal Puerto Rico. Unos años atrás, a manera de presagio, le había dicho a su madre que primero aprendería el oficio, pero luego se dedicaría por completo al canto. De hecho, su amigo Rafael Cortijo esperaba en las noches a que Rivera saliera de trabajar para que juntos se sumergieran en la calle 21, en busca de los creadores de la bomba y la plena.
En 1954 llegó su gran oportunidad, pues la famosa Orquesta Panamericana, dirigida por el Maestro Lito Peña, buscaba con prisa por esos días un gran sonero. El cantante y extraordinario compositor Bobby Capó fue quien recomendó a Rivera y allí lanzarían su primer éxito, “El Charlatán”, del compositor Toñín Romero.
Por ese tiempo, el percusionista, arreglista y compositor Rafael Cortijo decidió iniciar su propia agrupación llamada “Cortijo y su combo”, por lo que llamó a Rivera para realizar una versión del tema “El bombón de Elena”, del compositor Rafael Cepeda. El tema resultó un éxito. La complicidad infinita y la admiración que Ismael Rivera le tenía a su compadre Cortijo hizo que el gran sonero renunciara a la Orquesta Panamericana y se fuera a recorrer el mundo con su hermano de la música, pues estos dos hombres al unísono creaban ritmos con mucho sabor, los cuales nunca se volvieron a escuchar con tanta originalidad.
De esta unión salieron 17 álbumes inolvidables y grandes temas como: “Quítate de la vía, Perico”, de Juan Hernández; “El negro bembón”, de la autoría de Bobby Capó; “Calypso bomba y plena” de Rogelio Vélez, “Besito de coco”, una composición de Rivera que resultó un completo bombazo, y que tiempo después grabarían Celia Cruz, Celino González y Nelson Pinedo. Con estos temas se volvieron de moda las expresiones “¡Ecuajey!” y “¡Sacude!”, que siempre acompañaron al cantante.
En su afán por cantarle a los suyos, a los de la calle Calma donde creció, recurría a la señora Margot Rivera para que le regalara algunos temas de su autoría. La señora Rivera compuso decenas de temas como: “Las ingratitudes”, “La arañita”, pero el tema más popular fue “Maquinolandera”, que obtuvo mil trescientos dólares en regalías en menos de un año. Las composiciones de Margot Rivera eran dichos alegres que lograban que los puertorriqueños se identificaran de inmediato.
Una anécdota que contaba con gusto y con frecuencia el compositor Catalino “Tite” Curet Alonso, fue cuando Cortijo y sus muchachos se presentaron en el Palladium Ballroom de Nueva York. El ritmo de los músicos avanzaba cada vez más rápido y el público los seguía bailando sin parar, las lámparas que alumbraban aquel lugar amenazaron con explotar por el frenesí de aquella multitud.
Asustado, el dueño del lugar, Mr. Hyman, gritó: “¡Cortijo, no more pachanga please!”.
En 1959, Gladys Serrano, quien era bailarina del Palladium y compartió tarima con el gran Tito Puente, conoció a Ismael Rivera en un hotel de Nueva York gracias a un amigo en común. Ese día ella buscaba con urgencia a Daniel Santos para que este conociera a su hijo y Rivera fue quien organizó una cena para propiciar aquel encuentro. En ese momento, cruzaron un par de miradas que sería definitivo para sus vidas. Pasaron unas cuantas semanas, cuando ella recibió una llamada a las cinco de la mañana. Era Rivera, quien cantaba “Yo sé que me van a juzgar, me van a condenar cuando me vean con ella”, tema que Bobby Capó escribió para su amigo. Sin importar qué pensara la gente, Gladys Serrano e Ismael Rivera decidieron casarse.
Estremecer al público con cada uno de sus ritmos, recorrer diversos lugares del mundo y encontrar la fama rápidamente hizo que Cortijo y Rivera llevaran una vida descontrolada y llena de vicios. En 1962, al volver de un concierto en Venezuela, debían hacer una escala en Panamá. Allí les encontraron droga y de inmediato fueron detenidos y condenados a cinco años de prisión. Ismael Rivera estuvo en varias cárceles durante esos años, pero quizá la más tenebrosa fue “Las tumbas”, un lugar con varios pisos subterráneos y que lo hizo enloquecer. Allí Maelo, como también lo conocían, formó un pequeño grupo musical y compuso varias canciones en las que expresaba todo el amor que le tenía a su esposa e hijos.
En 1965, finalmente recuperó su libertad y de inmediato se reunió con su amigo Cortijo, quien había sido liberado meses atrás. Bobby Capó lo esperaba para mostrarle el tema “Las tumbas” y que fuera grabado por el sonero mayor. Sin embargo, tan pronto como Rivera puso los pies de nuevo en su tierra sintió el rechazo de su público; al parecer Borinquén no le perdonó sus años en la cárcel. Al vivir esta situación, Capó le compuso: “Yo soy un niche que salí café con leche, me colé en una fiesta a la cual no me invitaron y me echaron, me botaron…”. Eran tiempos oscuros para el sonero, pues empresarios y disqueras le cerraron las puertas por completo y tuvo que buscar refugio en Nueva York.
Entonces aprovechó su estancia en Nueva York para rebelarse contra las disqueras, ya que nunca le interesó producir canciones con letras vacías y simplemente para vender. El sonero mayor cantó para la gente del barrio, pero también contó sus historias y se desahogó en sus canciones. Fue el mentor de dos estrellas emergentes en el mundo salsero. Por un lado, convenció al pianista de la Fania All Stars, Larry Harlow, para que escuchara e incluyera en el grupo a Ismael Miranda, quien tenía una gran voz. Del mismo modo, el cantante acogió en su casa a un joven llamado Rubén Blades, quien por esa época era mensajero del sello disquero y necesitaba conseguir una visa como visitante.
Ismael Rivera nació el 5 de octubre de 1931 en el barrio Santurce de San Juan de Puerto Rico. En 1954 grabó su primer éxito, “EL charlatán”, del compositor Toñín Romero, en la Orquesta Panamericana del maestro Lito Peña. Cortesía
Creció al lado de su madre, Margot Rivera, compositora y a quien él, fascinado, observaba bailar y crear diferentes sonidos con sus palmas. Cuando cumplió siete años, el niño Ismael dejó de imitar a su madre para crear sus propias maracas con potes de pintura; además de robar las ollas y las cucharas de su casa para experimentar diferentes sonidos. En la escuela, Rivera conoció a Rafael Cortijo quien, sin saberlo en ese preciso momento, se convertiría en su maestro y su cómplice eterno.
El joven Ismael se desempeñó como albañil en algunas obras de su natal Puerto Rico. Unos años atrás, a manera de presagio, le había dicho a su madre que primero aprendería el oficio, pero luego se dedicaría por completo al canto. De hecho, su amigo Rafael Cortijo esperaba en las noches a que Rivera saliera de trabajar para que juntos se sumergieran en la calle 21, en busca de los creadores de la bomba y la plena.
En 1954 llegó su gran oportunidad, pues la famosa Orquesta Panamericana, dirigida por el Maestro Lito Peña, buscaba con prisa por esos días un gran sonero. El cantante y extraordinario compositor Bobby Capó fue quien recomendó a Rivera y allí lanzarían su primer éxito, “El Charlatán”, del compositor Toñín Romero.
Por ese tiempo, el percusionista, arreglista y compositor Rafael Cortijo decidió iniciar su propia agrupación llamada “Cortijo y su combo”, por lo que llamó a Rivera para realizar una versión del tema “El bombón de Elena”, del compositor Rafael Cepeda. El tema resultó un éxito. La complicidad infinita y la admiración que Ismael Rivera le tenía a su compadre Cortijo hizo que el gran sonero renunciara a la Orquesta Panamericana y se fuera a recorrer el mundo con su hermano de la música, pues estos dos hombres al unísono creaban ritmos con mucho sabor, los cuales nunca se volvieron a escuchar con tanta originalidad.
De esta unión salieron 17 álbumes inolvidables y grandes temas como: “Quítate de la vía, Perico”, de Juan Hernández; “El negro bembón”, de la autoría de Bobby Capó; “Calypso bomba y plena” de Rogelio Vélez, “Besito de coco”, una composición de Rivera que resultó un completo bombazo, y que tiempo después grabarían Celia Cruz, Celino González y Nelson Pinedo. Con estos temas se volvieron de moda las expresiones “¡Ecuajey!” y “¡Sacude!”, que siempre acompañaron al cantante.
En su afán por cantarle a los suyos, a los de la calle Calma donde creció, recurría a la señora Margot Rivera para que le regalara algunos temas de su autoría. La señora Rivera compuso decenas de temas como: “Las ingratitudes”, “La arañita”, pero el tema más popular fue “Maquinolandera”, que obtuvo mil trescientos dólares en regalías en menos de un año. Las composiciones de Margot Rivera eran dichos alegres que lograban que los puertorriqueños se identificaran de inmediato.
Una anécdota que contaba con gusto y con frecuencia el compositor Catalino “Tite” Curet Alonso, fue cuando Cortijo y sus muchachos se presentaron en el Palladium Ballroom de Nueva York. El ritmo de los músicos avanzaba cada vez más rápido y el público los seguía bailando sin parar, las lámparas que alumbraban aquel lugar amenazaron con explotar por el frenesí de aquella multitud. Asustado, el dueño del lugar, Mr. Hyman, gritó: “¡Cortijo, no more pachanga please!”.
En 1959, Gladys Serrano, quien era bailarina del Palladium y compartió tarima con el gran Tito Puente, conoció a Ismael Rivera en un hotel de Nueva York gracias a un amigo en común. Ese día ella buscaba con urgencia a Daniel Santos para que este conociera a su hijo y Rivera fue quien organizó una cena para propiciar aquel encuentro. En ese momento, cruzaron un par de miradas que sería definitivo para sus vidas. Pasaron unas cuantas semanas, cuando ella recibió una llamada a las cinco de la mañana. Era Rivera, quien cantaba “Yo sé que me van a juzgar, me van a condenar cuando me vean con ella”, tema que Bobby Capó escribió para su amigo. Sin importar qué pensara la gente, Gladys Serrano e Ismael Rivera decidieron casarse.
Estremecer al público con cada uno de sus ritmos, recorrer diversos lugares del mundo y encontrar la fama rápidamente hizo que Cortijo y Rivera llevaran una vida descontrolada y llena de vicios. En 1962, al volver de un concierto en Venezuela, debían hacer una escala en Panamá. Allí les encontraron droga y de inmediato fueron detenidos y condenados a cinco años de prisión. Ismael Rivera estuvo en varias cárceles durante esos años, pero quizá la más tenebrosa fue “Las tumbas”, un lugar con varios pisos subterráneos y que lo hizo enloquecer. Allí Maelo, como también lo conocían, formó un pequeño grupo musical y compuso varias canciones en las que expresaba todo el amor que le tenía a su esposa e hijos.
En 1965, finalmente recuperó su libertad y de inmediato se reunió con su amigo Cortijo, quien había sido liberado meses atrás. Bobby Capó lo esperaba para mostrarle el tema “Las tumbas” y que fuera grabado por el sonero mayor. Sin embargo, tan pronto como Rivera puso los pies de nuevo en su tierra sintió el rechazo de su público; al parecer Borinquén no le perdonó sus años en la cárcel. Al vivir esta situación, Capó le compuso: “Yo soy un niche que salí café con leche, me colé en una fiesta a la cual no me invitaron y me echaron, me botaron…”. Eran tiempos oscuros para el sonero, pues empresarios y disqueras le cerraron las puertas por completo y tuvo que buscar refugio en Nueva York.
Entonces aprovechó su estancia en Nueva York para rebelarse contra las disqueras, ya que nunca le interesó producir canciones con letras vacías y simplemente para vender. El sonero mayor cantó para la gente del barrio, pero también contó sus historias y se desahogó en sus canciones. Fue el mentor de dos estrellas emergentes en el mundo salsero. Por un lado, convenció al pianista de la Fania All Stars, Larry Harlow, para que escuchara e incluyera en el grupo a Ismael Miranda, quien tenía una gran voz.
Del mismo modo, el cantante acogió en su casa a un joven llamado Rubén Blades, quien por esa época era mensajero del sello disquero y necesitaba conseguir una visa como visitante.
Muchos aseguraban que la voz de Ismael Rivera ya no se escuchaba como antes y que su carrera había llegado a su fin. Sin embargo, Maelo sorprendió con el tema “El nazareno”, escrito por Henry
Williams e inspirado en la experiencia que tuvo al conocer a un santo negro en Panamá. El éxito fue rotundo. Para ese entonces, conformó “Ismael Rivera y sus Cachimbos”, con canciones importantes como “Dime por qué”, del compositor Pedro García, “El mesías”, autoría de Johnny Ortiz, y “Las caras lindas”, canción que escribió y le regaló su gran amigo Tite Curet Alonso.
La Fania All Stars luchó por mucho tiempo para tener al sonero mayor en su sello. Sin embargo, el Negrito sabroso, como también le decían, se negó. En respuesta, Jerry Masucci y Johnny Pacheco compraron el sello “Tito y Alegre”, con el que siempre grabó Rivera. Así, se convirtió en el artista mejor pago, junto con la cantante Celia Cruz. Allí no lanzó temas nuevos, solo grabó una versión del tema “Cúcala”, compuesto por Wilfredo Figueroa, interpretado a dúo con la Guarachera de Cuba.
Sorpresivo fue el concierto que se realizó en el Carnegie Hall en 1974, y en el cual compartió tarima con Tito Puente, Vicentico Valdez y Joe Cuba. Ismael Rivera descrestó a su público con un nuevo bolero: “Sale el sol y no estás a mi lado, vivo desesperado esperando tu amor”. Nuevamente una composición de su gran amigo Bobby Capó, quien escuchaba atento las historias de Rivera para luego escribirlas y eternizarlas en sus melodías.
El 3 de octubre de 1982 recibió una inesperada noticia: su amigo Rafael Cortijo, con quien descubrió tantos ritmos y con quien vivió la vida sin freno alguno, había muerto a causa de un cáncer de páncreas. Quienes asistieron al funeral afirmaron que Rivera lloró sin consuelo alguno, miró a su amigo en el ataúd, le acarició los cachetes, se acercaba y le besaba la frente, muestras de una tristeza profunda. A partir de ese momento Rivera no volvió a cantar igual. Atrás quedaron sus espléndidos gorjeos, sus sonoros cantos y sobre todo, su alegría. Su hermana, Tomasa Rivera, contó que una tarde el sonero le dijo: “ya no puedo cantar, se murió Cortijo y con su ausencia se llevó la llave de mi voz”.
En 1987 se propagaron los rumores de que estaba sufriendo de cáncer en la garganta. Angustiados, los periodistas quisieron rendirle un homenaje el 12 de julio en el coliseo Roberto Clemente. Como era tan sencillo e humilde, dijo que su homenaje no era necesario, pero el sueño de reunirse nuevamente con su público lo animó a aceptar. Sin embargo, Ismael Rivera, el sonero eterno, el amigo incondicional, el negrito sabroso, no llegó a la cita y murió a las 5:15 de la tarde del 13 de mayo de aquel año en casa de su madre, Margot Rivera, a quien le había heredado el sabor y la música de los ritmos afrolatinos.
Se encontraba viendo televisión en la casa de su madre, aquella que había remodelado con sus propias manos. El infarto sólo le dio tiempo para abrir los ojos y apretarle las manos a su mamá antes de irse definitivamente. La despedida contó con la presencia de los cantantes Andy Montañez, Cheo Feliciano y Tite Curet Alonso;, sus familiares, y el público que lo acompañó siempre. Fue tanto el sentimiento de dolor de sus seguidores que el gobernador decretó varios días de duelo y, semanas después, cambió el nombre de la calle Calma por la calle Ismael Rivera. Maelo, un hombre con alma de niño, una sensibilidad a flor de piel, un sonero que vivió su vida como se le antojó, un niche café con leche que vivió en medio de trompetas y un swing inigualable.
Fuente:
EL ESPECTADOR
Ismael Rivera: El sonero mayor de la calle Calma
Reviewed by SALSA PICANTE
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mayo 14, 2020
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